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Volumen 5, Número 5 - Año 2026
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PORTADA
(Elaborada por la revista)
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La Semilla del Buen Vivir: Ética, Sustentabilidad y Cultura
Universitaria frente al Cambio Climático
The Seed of Good Living: Ethics, Sustainability and University Culture in the
Face of Climate Change
María Guadalupe Aranda Figueroa
g.aranda.iq@gmail.com
https://orcid.org/0009-0002-5925-4227
Universidad Autónoma del Estado de Morelos
Morelos – México
Ana Laura Juárez López
05197@uagro.mx
https://orcid.org/0000-0003-1020-7198
Universidad Autónoma de Guerrero
Guerrero – México
María Guadalupe Valladares Cisneros
mg.valladares@uaem.mx
https://orcid.org/0000-0001-7676-2325
Universidad Autónoma del Estado de Morelos
Morelos – México
Artículo recibido: 30/09/2026
Aceptado para publicación: 30/10/2026
Conflictos de Intereses: Ninguno que declarar
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RESUMEN
El cambio climático contemporáneo no puede comprenderse únicamente como
resultado de la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera, también constituye
una crisis relacionada con las formas en que la sociedad moderna ha entendido el desarrollo, el
consumo y su relación con la naturaleza. Desde esta perspectiva, el presente trabajo analiza
algunas de las principales concepciones de la sustentabilidad y cuestiona aquellas
aproximaciones que buscan atender el deterioro ambiental sin modificar las dinámicas
económicas y culturales que lo han favorecido. A partir de las propuestas de sustentabilidad
débil, fuerte y super fuerte, se plantea la necesidad de incorporar una dimensión ética que
reconozca el valor de los ecosistemas más allá de su utilidad para las sociedades humanas. En
este marco, el concepto de buen vivir ofrece elementos para replantear la relación entre
personas, las comunidades y la naturaleza, particularmente a partir de principios como la
reciprocidad, la racionalidad y el cuidado de la vida. El trabajo también reflexiona sobre el
papel de la universidad publica como espacio de generación de conocimiento y transformación
cultural. Se sostiene que las instituciones de educación superior pueden contribuir de manera
mas significativa a la atención de la crisis ambiental cuando propician el dialogo entre ciencia,
los conocimientos locales y los saberes ancestrales. Mas que limitarse al desarrollo de
soluciones tecnológicas, la universidad tiene la posibilidad de formar cultura ambiental basada
en la responsabilidad, la justicia, el respeto a la diversidad biológica y cultural.
Palabras clave: buen vivir, sustentabilidad, ética ambiental, cultura universitaria,
cambio climático.
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ABSTRACT
Contemporary climate change cannot be understood solely as a consequence of the
accumulation of greenhouse gases in the atmosphere. It is also related to the ways in which
modern societies have understood development, consumption, and their relationship with
nature. From this perspective, this paper analyzes some of the main approaches to sustainability
and questions those perspectives that seek to address environmental deterioration without
modifying the economic and cultural dynamics that have contributed to it. Based on the
concepts of weak, strong, and super-strong sustainability, this paper argues for the
incorporation of an ethical dimension that recognizes the value of ecosystems beyond their
usefulness to human societies. Within this framework, the concept of good living offers
elements for reconsidering the relationship between people, communities, and nature,
particularly through principles such as reciprocity, relationality, and care for life. The paper
also reflects on the role of the public university as a space for knowledge production and
cultural transformation. Higher education institutions can contribute more meaningfully to
addressing the environmental crisis when they promote dialogue between science, local
knowledge, and ancestral forms of knowledge. Rather than focusing exclusively on
technological solutions, universities can help develop an environmental culture based on
responsibility, justice, and respect for ecological and cultural diversity.
Keywords: good living, sustainability, environmental ethics, university culture, climate
change
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INTRODUCCIÓN
La universidad pública ante el ocaso de la linealidad cultural
El calentamiento global y el deterioro de los ecosistemas que caracterizan al siglo XXI
representan un desafío que va más allá de la búsqueda de soluciones técnicas (Estrada, 2021).
Aunque la ciencia y la tecnología son indispensables para comprender y atender los problemas
ambientales, resulta necesario preguntarse también por las causas culturales, económicas y
éticas que han contribuido a su profundización. Una parte importante de la modernidad
occidental se construyó a partir de una visión que separo al ser humano de la naturaleza. El
dualismo cartesiano contribuyo a consolidar esta forma de pensamiento, en la que la naturaleza
fue considerada principalmente como un conjunto de recursos disponibles para satisfacer las
necesidades humanas (Carnalla-Martinez, 2024).
El origen del concepto contemporáneo: “Sustentable” se sitúa tradicionalmente en 1987 con la
publicación del informe "Nuestro Futuro Común" por la Comisión Mundial sobre el Medio
Ambiente y el Desarrollo, donde se definió que el desarrollo sustentable persigue satisface las
necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para
satisfacer las propias. Si bien esta formulación inicial, logró un consenso político global sin
precedentes que pretendía conciliar intrínsicamente el imperativo del crecimiento económico
continuo con la preservación de los recursos finitos de la Tierra.
En este contexto el discurso del desarrollo sustentable, a primera vista, parecía ofrecer una
respuesta adecuada a la necesidad de mejorar la calidad de vida en curso sin comprometer las
posibilidades de las generaciones futuras. Por lo que, bajo esta perspectiva el desarrollo
económico y el crecimiento de la producción adquirieron un papel central, mientras que los
limites ecológicos quedaron frecuentemente excluidos. Y al paso del tiempo este modelo
tridimensional clásico (economía, sociedad y ambiente) ha demostrado ser insuficiente para
responder a la misma velocidad que se produce el complejo deterioro biosférico global, lo que
ha forzado una continua evolución conceptual (Palomino, 2022).
Por otro lado, la polisemia inherente al concepto de sustentabilidad ha sido interpretada con
frecuencia, como un síntoma de fragmentación teórica o como una debilidad metodológica
dentro de las ciencias ambientales y sociales. Sin embargo, la sustentabilidad no constituye una
categoría única, ni existe un consenso absoluto acerca de lo que significa en la práctica. Su
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interpretación depende de la perspectiva ética, económica y política desde la cual se aborde
(Smith, 2020). Desde esta perspectiva, el presente trabajo propone analizar las diferentes
corrientes de la sustentabilidad y su dimensión ética; para posteriormente reflexionar sobre las
aportaciones del buen vivir y sobre el papel que puede desempeñar la universidad pública en
la construcción de una cultura ambiental más consciente.
METODOLOGÍA
Sosteniendo que la aparente confrontación entre la racionalidad económica y la preservación
ecosistémica no constituye un callejón sin salida, sino un espacio de transición hacia una
síntesis integradora. Por lo que, para construir una respuesta universitaria frente a la emergencia
climática es necesario reconocer que el concepto de “sustentabilidad” no tiene una sola
interpretación, la sustentabilidad deja de ser un destino estático o un ideal normativo
inalcanzable, transformándose en un proceso dinámico de justicia intergeneracional y
resiliencia comunitaria donde las diferentes visiones teóricas convergen para dotarla de una
vigencia e interpretabilidad pragmática.
Consideramos que, a través de emplear un prisma que filtre algunas de las distintas posturas
acerca de la relación entre economía, sociedad y naturaleza; y considerando que cada una de
ellas parte de supuestos éticos diferentes. Se tomo como base y punto de partida, tres puntos
de vista para el concepto “sustentabilidad” que fueron emitidos por Gudynas (2011), Rebolledo
(2022) y Marañón Pimentel (2025). Se analizó la aparente fragmentación semántica de la
sustentabilidad en las literaturas contemporáneas mencionadas y el resultado y discusión se
nutrieron con literaturas adicionales relacionadas en el contexto actual, para relacionar y
reducir las divergencias conceptuales entre los autores, sin debilitar el término, y a través de
un trasfondo integrador expandir el alcance y la multidimensionalidad del concepto en
cuestión, para producir una idea holística integrativa del concepto de “sustentabilidad” no como
un estado estático a alcanzar, sino como un marco de gobernanza adaptativa dinámico.
RESULTADOS
Las corrientes de la sustentabilidad y el debate ético contemporáneo
Gudynas (2011) expone en «Desarrollo y sustentabilidad ambiental: diversidad de posturas,
tensiones persistentes», que la expansión del concepto desarrollo sustentable, particularmente
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después del Informe Brundtland de 1987, dio lugar a una categoría amplia y ambigua. Esta
diversidad de interpretaciones permite que el termino sea utilizado desde posiciones muy
diferentes, algunas de las cuales mantienen como prioridad el crecimiento económico mientras
incorporan medidas destinadas a disminuir sus efectos ambientales. Incluso que gobiernos,
corporaciones transnacionales y organismos internacionales utilicen una definición incompleta
para legitimar y priorizar el crecimiento económico convencional bajo una apariencia de
"verde" o ecológica. Esta situación plantea una pregunta relevante: ¿es suficiente modificar los
procesos productivos y desarrollar tecnologías más eficientes para enfrentar la crisis ambiental,
o es necesario revisar la manera en que entendemos el bienestar y nuestra relación con la
naturaleza?
La pregunta adquiere especial importancia en el ámbito universitario. Las instituciones de
ecuación superior han sido históricamente espacios de producción y transmisión del
conocimiento; sin embargo, también han reproducido en determinados momentos una visión
fragmentada de la realidad, en la que los problemas ambientales son abordados principalmente
desde disciplinas y soluciones técnicas particulares.
Actualmente, esta perspectiva resulta insuficiente. Las universidades no solamente pueden
desarrollar tecnologías de remediación, monitorear indicadores ambientales o generar
información científica. También tiene la responsabilidad de propiciar espacios de reflexión
sobre las causas sociales y culturales de la crisis ambiental y sobre las formas en que las
comunidades pueden participar en la construcción de alternativas.
La incorporación de saberes ancestrales no implica rechazar la ciencia ni la tecnología. Por el
contrario, supone reconocer que existen otras formas de comprender la relación entre los seres
humamos y su entorno que pueden enriquecer el conocimiento académico. El desafío consiste,
entonces, en generar un dialogo en el que diferentes formas de conocimiento puedan
encontrarse sin que una de ellas sea considerada, de antemano, superior a las demás.
En este sentido, la universidad puede convertirse en un espacio de encuentro entre
conocimiento científico, experiencia comunitaria y saberes ancestrales. Este dialogo permitiría
ampliar la comprensión de la sustentabilidad y avanzar hacia una cultura universitaria que no
solamente responda a los problemas existentes, sino que también contribuyan a cuestionar las
practicas que los generan.
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Gudynas (2011) identifica tres grandes aproximaciones: sustentabilidad débil, sustentabilidad
fuerte y sustentabilidad super fuerte. Estas perspectivas permiten observar que las diferencias
coexisten y no se encuentran únicamente en las medidas que se proponen para atender los
problemas ambientales, sino también en la manera en que se concibe la naturaleza y su relación
con las sociedades humanas.
La sustentabilidad débil se relaciona estrechamente con una visión económica en la que la
naturaleza puede ser considerada una forma de capital, a lo que se le denomina “capitalismo
verde”. Desde esta perspectiva, determinados recursos naturales podrían ser sustituidos
mediante tecnología, inversión o infraestructura. Las herramientas de mercado y las soluciones
tecnológicas adquieren, por tanto, un papel central para enfrentar los impactos ambientales sin
modificar de manera profunda las estructuras económicas existentes.
La sustentabilidad fuerte, en cambio, reconoce que existen límites ecológicos que no pueden
ser compensados de manera limitada mediante capital financiero o innovación tecnológica.
Algunos componentes de los ecosistemas poseen características que los hacen difícilmente
sustituibles. Esta postura concede mayor importancia a la conservación, a la regulación y al
establecimiento de limites ambientales.
Por su parte, la sustentabilidad súper fuerte plantea un cambio más profundo. Desde esta
perspectiva, la naturaleza no debe ser valorada exclusivamente por los beneficios que
proporciona a los seres humanos. Los ecosistemas y las especies poseen valores propios,
independientemente de su utilidad económica. Gudynas (2011) relaciona esta posición con una
ética biocéntrica y con transformación más amplia de la relación sociedad-naturaleza.
Rebolledo (2022) señala que las diferentes concepciones de sustentabilidad están asociadas con
distintas formas de comprender la relación entre sociedad, naturaleza y economía. Mientras las
posiciones más cercanas a la sustentabilidad débil opera bajo una ética predominantemente
utilitarista, la sustentabilidad súper fuerte incorpora una perspectiva biocéntrica que cuestiona
la centralidad exclusiva de las necesidades humanas.
El contraste entre esas perspectivas permite comprender que la discusión ambiental no puede
reducirse a elegir una tecnología determinada o a establecer nuevas regulaciones. También
implica decidir qué tipo de relación queremos establecer con la naturaleza y que entendemos
por bienestar.
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Buenos vivires, ancestralidad y cultura universitaria
Desde una cultura más amplia, la superación de una visión exclusivamente instrumental de la
naturaleza requiere considerar otras formas de comprender el bienestar. En este contexto
adquieren relevancia los llamados buenos vivires, vinculados con perspectivas indígenas y
decoloniales que cuestionan la idea de que el progreso necesariamente debe asociarse con
crecimiento económico, acumulación y consumo (Quiroga, 2022).
Kothari et al. (2019) en su libro “Pluriverso: un diccionario para el posdesarrollo” manifiestan
que una visión lineal y economicista del progreso, centrada en el crecimiento del Producto
Interno Bruto (PIB) y la modernización, ha generado profundas crisis ecológicas, sociales y
culturales además de perpetuar colonialidad y la homogeneización de las formas de vida. Los
autores denuncian que el desarrollo tradicional ha fracasado en su promesa de prosperidad
universal, resultando en mal desarrollo, degradación ambiental y aumento de desigualdades. El
buen vivir, más que una ideología o una simple búsqueda en la espiritualidad, los saberes y la
afectividad, aporta una base ética y ecocéntrica indispensable para las estrategias ambientales
contemporáneas, impulsando la transición de un modelo que explota los recursos naturales
hacia uno que prioriza el equilibrio ecológico, la gestión comunitaria y el respeto a los ciclos
de la vida.
Marañón Pimentel (2025) recupera estos planteamientos a partir de principios como la
racionalidad, la reciprocidad y la vida comunitaria. Los buenos vivires no deben entenderse
como una idealización del pasado ni como una propuesta de regresar a las formas de vida
anteriores. Mas bien, pueden interpretarse como una fuente de reflexión sobre la manera en
que las sociedades contemporáneas se relacionan con sus territorios y con otros seres vivos.
El contraste de los enfoques de Gudynas (2011), Rebolledo (2022) y Marañón Pimentel (2025),
se resumen en la tabla 1, para observar las consideraciones holístico-social que comprende e
incluye el concepto sustentabilidad.
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Tabla 1. Mapeo integrador para el concepto de “sustentabilidad”
CORRIENTE
SUSTENTABILIDAD
MATRIZ ÉTICA
CONCEPCIÓN
DE LA
NATURALEZA
RESPUESTA ANTE
LA CRISIS
Débil
Utilitarista /
antropocéntrica
Capital sustituible
mediante
tecnología
Mecanismos de
mercado y soluciones
tecnológicas
Fuerte
Antropocéntrica
ampliada
Patrimonio natural
con sus límites
críticos
Conservación,
regulación y reformas
normativas
Súper fuerte
Biocéntrica /
relacional
Sujeto con valores
e intereses propios
Descolonización
epistémica y
transiciones post-
extractivistas
Fuente: elaboración propia.
Uno de los aportes más importantes consiste en cuestionar la idea de que una mayor cantidad
de bienes materiales necesariamente representa una mejor calidad de vida. Desde esta
perspectiva, el bienestar también implica relaciones comunitarias, equilibrio, cuidado y
responsabilidad hacia el entorno. Esto conduce a una pregunta sencilla, pero relevante: ¿cuánto
necesitamos realmente para tener una vida digna?
Plantear esta pregunta no significa rechazar las comodidades actuales, la ciencia o la
tecnología. Tampoco supone desconocer los beneficios que el desarrollo científico ha generado
para la humanidad. Se trata, mas bien, de reflexionar cobre los limites de consumo y sobre las
consecuencias ambientales de las decisiones cotidianas y colectivas.
Gudynas (2011) advierte que determinadas interpretaciones de la sustentabilidad pueden
terminar subordinadas al crecimiento económico. La naturaleza puede incluso incorporarse a
esta lógica cuando se le asigna un valor principalmente como capital natural o como proveedora
de bienes y servicios ambientales.
En una línea similar, Rodríguez et al. (2025) plantean que la crisis climática exige cuestionar
las dinámicas de crecimiento ilimitado y el consumo que rebasa los límites ecológicos. Esto
implica revisar no solamente cuanto producimos, sino, también la manera en que producimos,
utilizamos y desechamos los bienes.
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La propuesta de los buenes vivires resulta particularmente significativa en este debate. Desde
la perspectiva de Marañón Pimentel (2025), la relación con la Madre Tierra se construye a
partir de la comunidad, la reciprocidad y la relacionalidad y la espiritualidad. Estos principios
permiten cuestionar la idea de desarrollo entendida exclusivamente como crecimiento y
acumulación.
Palomino et al. (2022) relacionan el buen vivir con una ética orientada hacia la convivencia y
la complementariedad entre los seres humanos y la naturaleza. Desde esta perspectiva, el
bienestar deja de estar asociado únicamente con el consumo y se vincula con la posibilidad de
sostener la vida y conservar las condiciones ecológicas que la hacen posible.
Esta forma de pensar también modifica la manera en que observamos nuestro entorno. Si
consideramos realmente a la Tierra como nuestro hogar, resultaría difícil aceptar como
normales practicas que deterioran los ecosistemas, contaminan el agua, el aire, el suelo o ponen
en riego a otras especies. Sin embargo, muchas de estas practicas se han incorporado a la vida
cotidiana hasta convertirse en fenómenos aparentemente normales. El problema, por tanto, no
es exclusivamente ambiental. También es cultural y educativo.
El dialogo de saberes y el papel de la universidad
La necesidad de modificar nuestras formas de habitar el planeta encuentra un referente
importante en el pensamiento ambiental latinoamericano. Leff (2007) plantea la importancia
de construir una racionalidad ambiental basada en el dialogo de sabees, donde el conocimiento
científico pueda relacionarse con los conocimientos locales y ancestrales.
Esta propuesta resulta especialmente pertinente para las universidades. La ciencia y la
tecnología pueden proporcionar herramientas indispensables para comprender y resolver
problemas ambientales, pero no necesariamente contienen por si mismas todas las respuestas
relacionadas con la manera en que las comunidades interpretan y habitan sus territorios.
El dialogo entre conocimientos puede contribuir a una comprensión más amplia de la
sustentabilidad. En lugar de considerar los saberes comunitarios como elementos secundarios,
la universidad puede incorporarlos como fuentes de conocimiento y experiencia.
Esta perspectiva encuentra un complemento fundamental en Escobar (2018), quien cuestiona
la concepción moderna de la naturaleza como una realidad externa y separada de los seres
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humanos. Desde su propuesta de una ontología relacional, Escobar plantea que la vida se
configura a partir de relaciones de interdependencia entre lo humano y lo no humano, por lo
que superar la crisis ambiental también implica transformar las formas en que comprendemos
y habitamos el mundo.
Viale y Svampa (2021) advierten sobre la relación existente entre extractivismo, vulnerabilidad
climática y desigualdad ambiental en diversas regiones del Sur Global. Desde esta perspectiva,
la crisis ambiental tampoco puede separarse de las condiciones sociales y económicas en las
que ocurren los impactos ambientales no se distribuyen de manera uniforme y, en muchos
casos, las comunidades con menores recursos enfrentan una mayor exposición a los efectos del
deterioro ambiental.
Esto refuerza la importancia de que la educación superior incorpore una perspectiva de justicia
ambiental. La universidad no debería limitarse a transmitir conocimientos técnicos sobre
contaminación, cambio climático o conservación. También puede generar espacios para
discutir quiénes producen los impactos, quiénes los padecen y que alternativas pueden
construirse de manera colectiva.
Morales (2024) plantea que a filosofía del buen vivir puede incorporarse a la educación para
promover valores como la cooperación, la armonía y el respeto por la diversidad cultural y
ecológica. Esta propuesta resulta compatible con una visión de la universidad como espacio de
formación integral.
En este sentido, la universidad publica puede ampliar su función. Además de formar
profesionales y producir conocimiento, puede contribuir a la construcción de una cultura
ambiental capaz de relacionar la investigación con las necesidades reales de las comunidades.
Las instituciones de educación superior también pueden fortalecer la vinculación entre
educación, investigación y responsabilidad social. Salazar y Vargas (2024) destacan la
responsabilidad de las universidades frente a futuro ambiental y los derechos humanos de las
nuevas generaciones. Esto implica que la educación ambiental no debería permanecer aislada
en determinadas asignaturas o proyectos, sino formar parte de una cultura institucional más
amplia.
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Por ello, la universidad tiene la oportunidad de convertirse en un espacio donde la ciencia no
se presente únicamente como una herramienta para dominar o transformar la naturaleza, sino
también como un medio para comprenderla, escuchar a las comunidades y contribuir al cuidado
de los territorios.
Desde esta perspectiva, atender el cambio climático exige tanto innovación tecnológica como
transformación cultural. Ambas dimensiones pueden complementarse cuando la universidad
reconoce que la sustentabilidad requiere conocimientos científicos, participación social,
responsabilidad ética y respeto por la diversidad de formas de comprender la vida.
CONCLUSIÓN
Hacia una cultura universitaria transformadora
La mitigación de la degradación ambiental y el cambio climático representan problemas que
no pueden resolverse únicamente mediante las mismas formas de pensamiento que
contribuyeron a generarlos. La ciencia y la tecnología son fundamentales para enfrentar sus
consecuencias, pero necesitan acompañarse de una reflexión sobre los modelos de producción,
consumo y relación con la naturaleza. Es decir, el diseño de estrategias reales de adaptación
comunitaria frente al cambio climático actual no encontrará respuestas viables bajo la misma
racionalidad lineal que generó el colapso.
El análisis de las diferentes corrientes de la sustentabilidad permite observar que existen
diferencias importantes entre aquellas perspectivas que buscan principalmente hacer eficiente
el uso de los recursos y aquellas que proponen modificar de manera más profunda la relación
entre sociedad y naturaleza.
En este sentido, la sustentabilidad super fuerte, las perspectivas biocéntricas y los
planteamientos asociados con los buenos vivires ofrecen elementos para ampliar la discusión
ambiental. No se trata de sustituir el conocimiento científico por los saberes ancestrales, sino
de reconocer que ambos pueden establecer relaciones de dialogo y complementariedad.
Aprender de la ancestralidad tampoco significa idealizar el pasado ni rechazar los avances
científicos y tecnológicos. Significa reconocer que existen comunidades que han desarrollado
formas de relación con sus territorios basadas en la reciprocidad, la interdependencia y el
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cuidado, y que estos conocimientos pueden aportar elementos valiosos frente a los desafíos
ambientales actuales.
Desde esta perspectiva, la universidad pública adquiere una responsabilidad particular. Su
función no debería limitarse a preparar profesionales capaces de responder técnicamente a los
problemas ambientales, sino también formar personas capaces de comprender las dimensiones
sociales, culturales y éticas de dichos problemas.
La universidad puede ser un espacio para cuestionar prácticas de consumo, analizar los efectos
de los modelos económicos y fortalecer el dialogo entre diferentes formas de conocimiento.
También puede contribuir a que la investigación científica se vincule de manera más estrecha
con las necesidades de las comunidades y con la protección ambiental.
El cambio hacia una cultura universitaria transformadora no depende exclusivamente de
incorporar nuevas asignaturas, tecnologías o programas ambientales. Requiere modificar la
manera en que entendemos la relación entre conocimiento, sociedad y naturaleza.
En última instancia, hablar de sustentabilidad implica preguntarnos qué tipo de vida queremos
construir y que condiciones estamos dispuestos a preservar para que esa vida sea posible. El
buen vivir aporta a esta reflexión al colocar en el centro la convivencia, la reciprocidad y el
cuidado de la vida.
Por ellos, la universidad puede convertirse en una de las semillas de este cambio cultural: un
espacio donde el conocimiento científico dialogue con los saberes comunitarios, donde la
tecnología este acompañada por la responsabilidad ética y donde el desarrollo sea evaluado no
solamente por sus beneficios económicos, sino también por sus consecuencias sociales y
ecológicas.
Construir una relación diferente con la naturaleza no es una tarea exclusiva de las comunidades
indígenas, de los investigadores o de las instituciones públicas. Es un desagio colectivo. La
educación superior puede contribuir a enfrenarlo si asume que su responsabilidad frente al
cambio climático no termina en la generación de conocimiento, sino también incluye la
formación de una cultura orientada al cuidado de la vida y a la justicia ambiental.
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: https://doi.org/10.65011/prismaods.v5.i5.386
Cómo citar este artículo (APA 7ª edición):
Aranda Figueroa, M. G., Juárez López, A. L., & Valladares Cisneros, M. G. (2026). La Semilla
del Buen Vivir: Ética, Sustentabilidad y Cultura Universitaria frente al Cambio Climático.
Prisma ODS: Revista Multidisciplinaria Sobre Desarrollo Sostenible, 5(5), 758-
773. https://doi.org/10.65011/prismaods.v5.i5.386