Prisma ODS Revista Científica Multidisciplinar
Volumen 5, Número 5 - Año 202
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de vista, el estudiante adulto no puede ser un receptor pasivo de información ni un recurso
destinado únicamente a satisfacer las demandas del mercado laboral: es una persona con
historia, conocimientos acumulados, responsabilidades, expectativas, por lo que su educación
incluye conocimientos profesionales, pero también sensibilidad moral, pensamiento autónomo
y disposición para participar responsablemente en la sociedad. El humanismo sigue siendo
necesario para la formación integral (dignidad y autonomía del estudiante) (Nussbaum 2018).
Fitzsimons (2026) va más allá al enfatizar el aprendizaje autodirigido en entornos respetuosos
que son básicos en la educación superior contemporánea. Esta visión es particularmente
relevante en la educación superior, donde los estudiantes tienen trayectorias personales y
profesionales. Fitzsimons (2026) dice que los enfoques humanísticos de la educación de adultos
ponen el desarrollo de cada persona en el centro del proceso formativo y favorecen el
aprendizaje autodirigido en contextos seguros y respetuosos, pero no toda la responsabilidad
de esto se le da al estudiante: se reconoce su experiencia como conocimiento legítimo y punto
de partida para construir nuevos significados. Savater (1997) considera la educación como el
trabajo mediante el cual una generación introduce a otra en un mundo humano compartido, por
lo que esta incorporación no es obediencia sino transmisión de conocimientos y normas, así
como herramientas para examinar y comprender su significado. La libertad educada no es
arbitrariedad, sino responsabilidad de elegir sabiamente y saber que tus elecciones afectan
también la vida de los demás. En la universidad, esto significa vincular la autonomía intelectual
con la responsabilidad derivada del uso social del conocimiento. La defensa de una educación
humanística se vuelve particularmente urgente cuando la eficiencia se convierte en el criterio
de la vida universitaria. Biesta (2015) nos recuerda que la educación tiene funciones de
calificación y socialización, pero también de subjetivación, porque es a través de la educación
que la persona se reconoce a sí misma como un sujeto capaz de actuar y asumir las
consecuencias de sus decisiones: si la enseñanza solo mide indicadores y resultados, corre el
riesgo de no formar juicio, sin olvidar que educar significa crear espacios donde el estudiante
pueda argumentar, reconocer límites, revisar convicciones y aprender a vivir con
incertidumbre. El constructivismo amplía esta comprensión al mostrar que conocer no es la
recepción pasiva de una realidad ya organizada: Piaget (1970) explicó el aprendizaje como una
reorganización progresiva de estructuras cognitivas y Vygotsky (1978) enfatizó el papel que
juegan el lenguaje, la interacción y la cultura en el desarrollo humano. Partiendo de diferentes
énfasis, ambos enfoques nos permiten cuestionar la imagen del aula como un espacio de
transferencia unilateral. Debemos recordar que para los adultos, aprender significa relacionar
nuevos contenidos con conocimientos previos, experiencias laborales, prácticas culturales y