Prisma ODS Revista Científica Multidisciplinar
Volumen 5, Número 3 - Año 2026
Página | 812
INTRODUCCIÓN
Las profundas transformaciones sociales, ambientales y culturales que caracterizan al siglo
XXI han puesto en evidencia los límites de los modelos educativos construidos bajo los
principios de la modernidad. La crisis climática, la pérdida acelerada de biodiversidad, el
deterioro de los territorios, el incremento de las desigualdades sociales y la erosión de la
diversidad cultural plantean desafíos que desbordan las respuestas tradicionales de los sistemas
educativos. Diversos organismos internacionales advierten que estas crisis poseen un carácter
sistémico y exigen respuestas educativas capaces de integrar sostenibilidad, justicia social,
diversidad cultural y responsabilidad colectiva (IPBES, 2019; Morin, 1999; Capra & Luisi,
2014; Orr, 2004; UNESCO, 2021, 2024; OECD, 2020). En este escenario, la educación
enfrenta la necesidad de replantear sus fundamentos, sus finalidades y sus formas de
producción del conocimiento para contribuir a la construcción de sociedades más justas,
sostenibles y culturalmente diversas.
Paralelamente, diversas corrientes del pensamiento educativo contemporáneo han cuestionado
la fragmentación disciplinaria, la desvinculación entre escuela y comunidad, así como la
hegemonía de modelos epistemológicos que históricamente han privilegiado una única forma
de producir y validar el conocimiento. Estas críticas han impulsado la búsqueda de enfoques
capaces de reconocer la pluralidad epistemológica, fortalecer el diálogo entre saberes y
recuperar el potencial formativo de los territorios como espacios de aprendizaje, memoria e
identidad (Freire, 1970; Walsh, 2009; Santos, 2018; Parra, 2013). En esta perspectiva, el
territorio deja de entenderse como un soporte físico para ser reconocido como un espacio donde
convergen experiencias, memorias, relaciones ecológicas, prácticas culturales y procesos de
producción colectiva del conocimiento (Parra, 2013; Toledo & Barrera-Bassols, 2008).
En este contexto, la agroecología ha adquirido una relevancia creciente no solo como enfoque
científico para el estudio de los sistemas agroalimentarios sostenibles, sino también como una
perspectiva ética, política y cultural que integra las relaciones entre naturaleza, comunidad,
conocimiento y organización social (Altieri, 2004; Wezel et al., 2009; Gliessman, 2015). Su
evolución ha permitido trascender el ámbito estrictamente productivo para convertirse en un
campo interdisciplinario que dialoga con la ecología, la educación, la justicia ambiental y la
participación comunitaria. Sin embargo, gran parte de las investigaciones desarrolladas hasta
ahora han centrado su atención en las dimensiones productivas, ambientales y socioeconómicas