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PORTADA
(Elaborada por la revista)
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Volumen 5, mero 2 - o 2026
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Inteligencia Eco-Emocional
Eco-Emotional Intelligence
Christian Ernesto López Machín
christian.lopez.machin@gmail.com
https://orcid.org/0009-0002-6156-1795
Universidad Autónoma del Estado de Morelos
México
Artículo recibido: 05/05/2026
Aceptado para publicación: 10/06/2026
Conflictos de Intereses: Ninguno que declarar
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RESUMEN
La crisis ambiental contemporánea ha sido abordada desde perspectivas científicas,
técnicas, políticas y educativas; sin embargo, también atraviesa la vida emocional de las
personas y las comunidades. Este ensayo reflexivo propone una aproximación inicial a la
inteligencia eco-emocional como la capacidad de reconocer, comprender y orientar las
emociones que surgen en la relación con la naturaleza, de manera que favorezcan el cuidado,
la responsabilidad y la acción sostenible, desde el equilibrio ambiente y sociedad. A partir de
aportes de la inteligencia emocional, la inteligencia ecológica, la conexión con la naturaleza,
la ecoansiedad, el duelo ecológico, la sociología de las emociones y la educación para el
desarrollo sostenible, se plantea que el vínculo entre ambiente y sociedad requiere ser pensado
desde una dimensión afectiva. El texto sostiene que las emociones ambientales permiten
interpretar la crisis ecológica, fortalecer el sentido de pertenencia hacia los territorios y
movilizar prácticas de cuidado. En este sentido, la inteligencia eco-emocional se presenta como
un campo en construcción que busca integrar sensibilidad, razonamiento y acción ante los
desafíos ambientales contemporáneos. El ensayo concluye que la transformación ecológica
requiere también una transformación sensible: aprender a sentirnos parte de la naturaleza puede
ser una condición necesaria para habitar el planeta con mayor conciencia y transformar nuestra
relación con el mundo.
Palabras clave: inteligencia eco-emocional, inteligencia emocional, inteligencia
ecológica, educación para el desarrollo sostenible
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ABSTRACT
The contemporary environmental crisis has been approached from scientific, technical,
political, and educational perspectives; however, it also shapes the emotional lives of
individuals and communities. This reflective essay proposes an initial approach to eco-
emotional intelligence as the capacity to recognize, understand, and orient the emotions that
arise in one’s relationship with nature, in ways that promote care, responsibility, and
sustainable action, grounded in a balance between environment and society. Drawing on
emotional intelligence, ecological intelligence, connectedness to nature, eco-anxiety,
ecological grief, the sociology of emotions, and education for sustainable development, the
essay argues that the relationship between environment and society must also be understood
through an affective dimension. The text suggests that environmental emotions help people
interpret the ecological crisis, strengthen their sense of belonging to territories, and mobilize
caring practices. In this sense, eco-emotional intelligence is presented as an emerging field that
seeks to integrate sensitivity, reasoning, and action in response to contemporary environmental
challenges. The essay concludes that ecological transformation also requires a sensitive
transformation: learning to feel part of nature may be a necessary condition for inhabiting the
planet with greater awareness and transforming our relationship with the world.
Keywords: eco-emotional intelligence, emotional intelligence, environmental
intelligence, education for sustainability
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INTRODUCCIÓN
La crisis ambiental ha dejado de ser una preocupación distante. Cada vez aparece con mayor
fuerza en la vida cotidiana, en las conversaciones, en las noticias, en las aulas, en las
comunidades y en las formas personales de imaginar el futuro. Cuando hablamos de crisis
ambiental, hablamos de factores como el aumento de la temperatura, de la pérdida de
biodiversidad, de la contaminación de ríos y mares, de la deforestación, de los incendios
forestales y de la alteración de ecosistemas completos (IPCC, 2022; IPBES, 2019; UNEP,
2021). Estos procesos afectan a la naturaleza, a las sociedades humanas y a las condiciones
materiales que sostienen la vida. (IPCC, 2022). Sin embargo, hay una dimensión de esta crisis
que durante mucho tiempo ha quedado en segundo plano: la manera en que todo esto se siente.
La relación entre emociones y naturaleza parece evidente cuando se observa desde la
experiencia diaria. Un paisaje o un atardecer en la playa pueden producir calma. Un bosque
montañoso puede despertar asombro. La destrucción de un territorio puede generar tristeza,
enojo o impotencia. La pérdida de especies, la contaminación de un río o la transformación de
un lugar significativo pueden vivirse como una forma de duelo. Esta relación ha sido abordada
desde diferentes perspectivas. Kaplan (1995) most que los ambientes naturales poseen
cualidades restaurativas para la atención y el bienestar psicológico; Cunsolo y Ellis (2018)
propusieron el concepto de duelo ecológico para comprender las respuestas emocionales ante
pérdidas ambientales; y Clayton y Karazsia (2020) desarrollaron una medida para estudiar la
ansiedad asociada al cambio climático. La naturaleza no es un escenario externo donde ocurre
la vida humana; tampoco es nuestro hogar. La naturaleza es parte de la forma en que las
personas recuerdan, sienten, imaginan, descansan, se vinculan y construyen sentido, individual
y colectivamente.
Comenzar a hablar de inteligencia eco-emocional puede ser necesario: ¿qué capacidades
necesitamos desarrollar para comprender emocionalmente nuestra relación con el ambiente?
¿cómo estas emociones pueden llevarnos al cambio? ¿por qué actuamos desde lo que sentimos
y queremos? Estas preguntas surgen en un momento donde la información ambiental es
abundante, pero no siempre logra convertirse en cuidado. Sabemos ahora más sobre los daños
ecológicos, sus causas y sus consecuencias. Aun así, muchas veces seguimos actuando como
si ese conocimiento no nos involucrara del todo. La distancia entre saber y actuar muestra que
el problema ambiental tiene una profundidad afectiva que merece ser pensada.
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¿Y por qué abordar la acción desde una competencia cognitiva? Comprender las emociones
implica razonamiento y acción. Esta relación puede pensarse desde el modelo cognitivo, en el
que las emociones se vinculan con la manera en que las personas interpretan una situación,
valoran su significado y responden ante ella (Beck, 1976; Lazarus, 1991). Si una persona
experimenta ansiedad, tristeza, culpa, esperanza o indignación ante la crisis ambiental, esas
emociones pueden comprenderse como parte de un proceso de interpretación del mundo, no
como reacciones separadas de la comprensión o de la conducta.
Hablar de inteligencia eco-emocional implica reconocer que las emociones participan en la
forma en que las personas interpretan la realidad, valoran lo que ocurre, se relacionan con los
demás y deciden cómo actuar. Desde la inteligencia emocional, Salovey y Mayer (1990)
propusieron que las emociones pueden percibirse, comprenderse, regularse y utilizarse para
facilitar el pensamiento y la acción. Desde la inteligencia ecológica, Goleman (2009) planteó
que nuestras decisiones cotidianas tienen impactos ambientales que muchas veces permanecen
ocultos, por lo que es necesario aprender a reconocer las consecuencias ecológicas de lo que
consumimos, elegimos y hacemos.
El presente ensayo tiene como objetivo abrir paso a la inteligencia eco-emocional como una
aproximación inicial para pensar la relación entre emociones, naturaleza y acción ambiental.
Se parte de la idea de que el cuidado del ambiente requiere conocimiento, sensibilidad,
regulación emocional, sentido de interdependencia y capacidad para actuar ante problemas
complejos. La inteligencia eco-emocional se propone aquí como un campo en construcción,
orientado a comprender cómo las personas reconocen, interpretan y orientan las emociones que
surgen en su relación con la naturaleza, a su cuidado y a su preservación.
DESARROLLO
INTELIGENCIA EMOCIONAL
La inteligencia emocional abrió una puerta importante para comprender el papel de las
emociones en la vida humana. Desde la propuesta clásica de Salovey y Mayer (1990), las
emociones fueron entendidas como procesos que pueden percibirse, comprenderse, regularse
y utilizarse para favorecer el pensamiento. Esta idea permitió cuestionar la separación rígida
entre razón y emoción. Sentir no equivale a perder claridad. Muchas veces, sentir permite
reconocer lo que importa, identificar riesgos, valorar vínculos y orientar decisiones. Las
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emociones comunican necesidades, revelan preocupaciones y participan en la forma en que
una persona interpreta su realidad.
Con el tiempo, la inteligencia emocional se volvió un campo amplio. Ha sido aplicada a la
educación, el bienestar, las relaciones interpersonales, la salud, el liderazgo y la convivencia.
Mayer et al. (2008) señalaron que la inteligencia emocional forma parte de las habilidades
humanas vinculadas con el razonamiento sobre las emociones y con el uso del conocimiento
emocional. Esta perspectiva resulta valiosa ya que permite comprender que una emoción no es
un simple impulso. Una emoción puede ser una vía de lectura de la experiencia, una señal de
ajuste o desajuste, una orientación para actuar con mayor conciencia.
Sin embargo, una parte importante de la inteligencia emocional ha centrado su atención en la
persona y en sus relaciones sociales inmediatas. Se habla de autoconocimiento, regulación,
empatía, habilidades sociales y bienestar (Bisquerra, 2020). Estos elementos son esenciales,
pero dejan abierta una pregunta que se vuelve cada vez más urgente: ¿q ocurre con las
emociones que surgen de nuestra relación con la naturaleza? La angustia ante el cambio
climático, la gratitud hacia un territorio, el apego a un lugar, la indignación ante la destrucción
o la esperanza frente a una acción de restauración forman parte de la vida emocional. Su
importancia no es menor. Estas emociones muestran que el vínculo con el ambiente participa
en la manera en que una persona se comprende a sí misma y comprende su lugar en el mundo.
INTELIGENCIA ECOLÓGICA
Por su parte, la inteligencia ecológica ha permitido pensar la interdependencia entre las
decisiones humanas y los sistemas naturales. Goleman (2009) planteó que muchos actos
cotidianos tienen consecuencias ambientales ocultas. Comprar, desechar, consumir energía,
elegir alimentos o desplazarse son acciones que forman parte de cadenas más amplias de
impacto. Pensar ecológicamente implica reconocer esas conexiones y actuar con mayor
responsabilidad. Desde esta mirada, la inteligencia no se reduce a resolver problemas
personales o técnicos. También implica entender la red de relaciones que sostiene la vida.
Bowers (2010) desarrolló una crítica profunda a los modelos educativos que reproducen formas
de pensamiento desconectadas de la cultura, la comunidad y los ecosistemas. Desde esta
postura, fomentar inteligencia ecológica exige revisar los supuestos que colocan al ser humano
como centro absoluto de la existencia. La educación ambiental, con ello, requiere algo más que
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contenidos sobre contaminación, reciclaje o cambio climático. Necesita formar una
sensibilidad capaz de reconocer los límites de la vida, la dependencia mutua entre seres vivos
y la responsabilidad que surge de habitar un mundo compartido.
En años recientes, la inteligencia ecológica ha sido trabajada incluso desde propuestas de
medición y evaluación. Okur-Berberoğlu (2020), por ejemplo, desarrolló una escala de
inteligencia ecológica para adultos. Esto muestra que el concepto ha adquirido valor en ámbitos
psicológicos y comunitarios. A pesar de ello, aún queda una zona que necesita mayor
integración: el lugar de las emociones en esa comprensión ecológica. Una persona puede
conocer los impactos ambientales de sus decisiones y, al mismo tiempo, no sentirse vinculada
con aquello que intenta proteger. Puede entender la gravedad de la crisis climática y sentirse
paralizada. Puede reconocer la pérdida de biodiversidad y vivirla como una noticia lejana. Allí
aparece la necesidad de pensar el paradigma eco-emocional.
CONEXIÓN CON LA NATURALEZA Y VIDA AFECTIVA
La conexión con la naturaleza ayuda a comprender esta relación. Mayer y Frantz (2004)
propusieron la idea de conexión con la naturaleza como una experiencia subjetiva de
pertenencia al mundo natural. Esta conexión no depende únicamente de conocer datos sobre
los ecosistemas. Tiene que ver con sentirse parte de ellos. Implica cercanía, sensibilidad,
reconocimiento y afecto. Los estudios de Mackay y Schmitt (2019), así como de Whitburn,
Linklater y Abrahamse (2020), han mostrado que la conexión con la naturaleza se asocia con
conductas proambientales. Este hallazgo es relevante ya que sugiere que el cuidado ambiental
se fortalece cuando las personas experimentan algún grado de vínculo afectivo con el mundo
natural.
La naturaleza, además, participa en el bienestar psicológico. Kaplan (1995) señaló que los
ambientes naturales pueden tener beneficios restaurativos, especialmente en la atención y la
recuperación mental. Muchas personas reconocen esta experiencia sin necesidad de nombrarla
técnicamente. Caminar entre árboles, escuchar agua correr, observar el cielo o permanecer en
un espacio verde puede modificar el estado emocional. La naturaleza regula, acompaña, calma,
despierta recuerdos y permite respirar de otra manera. Esta experiencia cotidiana muestra que
el ambiente no está fuera de la vida emocional. Forma parte de ella.
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Ecoansiedad, Duelo Ecológico y Pérdida de Sentido
La crisis ambiental ha hecho visible esta relación por una vía dolorosa. Clayton y Karazsia
(2020) desarrollaron una escala para medir ansiedad relacionada con el cambio climático. Su
trabajo muestra que la preocupación climática puede afectar el funcionamiento emocional y
cognitivo. La ansiedad climática no surge de una amenaza imaginaria. Aparece ante un futuro
que se percibe incierto, ante daños que ya están ocurriendo y ante la sensación de que las
respuestas disponibles son insuficientes. En especial para muchas personas jóvenes, el cambio
climático se ha convertido en una preocupación íntima, ligada a la posibilidad de imaginar un
proyecto de vida: su propio futuro.
Cunsolo y Ellis (2018) propusieron el concepto de duelo ecológico para referirse a las
respuestas emocionales ante pérdidas ambientales. Este duelo puede surgir cuando desaparecen
paisajes, especies, territorios o formas de vida asociadas a un lugar. Una comunidad que pierde
un río, un bosque o una zona de cultivo, además de perder un recurso, pierde memorias,
prácticas, vínculos y significados. Comtesse et al. (2021) señalan que el duelo ecológico puede
entenderse como una respuesta funcional ante el cambio ambiental, aunque puede convertirse
en un riesgo para la salud mental cuando no encuentra espacios de elaboración.
Pensar en duelo ecológico obliga a mirar la crisis ambiental desde otra profundidad. La
degradación de un ecosistema no afecta únicamente a las especies que lo habitan. También
transforma la vida emocional de quienes dependen de él, lo recuerdan, lo cuidan o lo consideran
parte de su identidad. Un territorio puede ser fuente de alimento, lugar de infancia, espacio de
encuentro, memoria familiar o símbolo comunitario. Cuando ese territorio se destruye, surge
una herida afectiva que requiere escucha y reconocimiento.
Emociones, Defensa Ambiental y Acción Colectiva
Las emociones ambientales no son respuestas aisladas. La sociología de las emociones ha
mostrado que el miedo, la indignación, la esperanza, la tristeza o el apego pueden organizar
formas de acción colectiva. Poma (2022) ha analizado el papel de las emociones en la defensa
del ambiente, destacando que los conflictos socioambientales no se explican únicamente por
intereses materiales. Desde Gravante y Poma (2023) las comunidades defienden territorios
porque en ellos hay vida, historia, pertenencia y sentido. La emoción, en estos casos, es parte
de lo que permite sostener la defensa.
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Kleres y Wettergren (2017) estudiaron emociones como el miedo, la esperanza, el enojo y la
culpa en el activismo climático. Su trabajo permite comprender que las emociones pueden
orientar la acción de maneras distintas. El miedo puede bloquear cuando se vive como amenaza
imposible de enfrentar. En otros contextos, puede advertir y movilizar. La culpa puede
quedarse en malestar individual, aunque también puede abrir una pregunta ética sobre la
responsabilidad. La esperanza puede ser frágil si se basa en negar la gravedad del problema,
pero puede sostener procesos colectivos cuando se vincula con acciones concretas. Las
emociones necesitan ser comprendidas y acompañadas para transformarse en compromiso.
HACIA UNA COMPRENSIÓN ECO-EMOCIONAL
Aquí se vuelve pertinente hablar de inteligencia eco-emocional como una posibilidad
conceptual. Hablar de ella se trataría de reconocer una zona de encuentro entre inteligencia
emocional, inteligencia ecológica, conexión con la naturaleza, psicología ambiental, educación
para la sostenibilidad y sociología de las emociones. Esta zona de encuentro parte de una idea
sencilla: la manera en que sentimos la naturaleza influye en la manera en que la pensamos, la
habitamos y la cuidamos.
La educación para el desarrollo sostenible ha señalado la importancia de formar conocimientos,
habilidades, valores y actitudes que permitan tomar decisiones responsables (UNESCO, 2020).
Este marco resulta necesario, pero puede enriquecerse al colocar con mayor claridad la
dimensión emocional. Educar para la sostenibilidad requiere trabajar con pensamiento crítico
y participación social. Requiere, además, ayudar a las personas a reconocer lo que sienten ante
la crisis ambiental. La ecoansiedad, la tristeza, la culpa o la indignación pueden volverse cargas
difíciles de sostener cuando se viven en soledad. En contextos educativos, pueden convertirse
en punto de partida para la reflexión y la acción situada.
La inteligencia eco-emocional tendría que comenzar por reconocer que las emociones
ambientales ya existen. Las personas sienten la crisis ecológica de muchas maneras, aunque no
siempre tengan palabras para expresarlo. Algunas se preocupan por el futuro. Otras sienten
desesperanza. Algunas se indignan ante la injusticia ambiental. Otras se desconectan porque el
problema parece demasiado grande. Hay quienes encuentran consuelo en la naturaleza y
quienes han perdido el acceso a esos espacios. Hay quienes actúan desde el amor por un
territorio y quienes necesitan reconstruir su vínculo con el ambiente. Nombrar esta diversidad
emocional puede ser el primer paso para comprenderla.
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Bienestar Humano y Salud Planetaria
Este enfoque también permite revisar la idea de bienestar. El bienestar humano suele pensarse
desde la salud, la familia, el trabajo, la economía o las relaciones sociales. Todo eso importa,
pero la vida humana depende de condiciones ecológicas concretas. Respiramos aire, bebemos
agua, habitamos territorios, comemos alimentos producidos por sistemas naturales y
compartimos el planeta con otras formas de vida. Cuando esas condiciones se deterioran, el
bienestar emocional también se ve afectado. La salud mental no ocurre fuera del ambiente. La
salud mental ocurre dentro de él.
Hablar de inteligencia eco-emocional puede ayudar a evitar dos extremos frecuentes. El
primero es reducir la crisis ambiental a información técnica, como si bastara con explicar mejor
los datos para transformar la conducta. El segundo es convertir la emoción en una experiencia
desbordada, sin orientación ni posibilidad de acción. Entre ambos extremos se necesita una
forma de comprensión que integre conocimiento, sensibilidad, regulación y compromiso. Saber
sin sentir puede producir distancia. Sentir sin comprender puede producir parálisis. La
articulación entre ambas dimensiones puede abrir posibilidades más profundas de cuidado.
Educación, Sensibilidad y Esperanza Activa
Esta reflexión tiene especial importancia en la educación. Las nuevas generaciones crecerán en
un mundo marcado por desafíos ambientales intensos. No basta con enseñarles qué es el cambio
climático o cuáles son los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Necesitan herramientas para
procesar emocionalmente el mundo que están heredando. Necesitan espacios para hablar de
miedo sin quedar atrapados en él, de culpa sin reducirla a castigo, de tristeza sin convertirla en
resignación, de esperanza sin negar la complejidad del problema. Educar desde una
sensibilidad eco-emocional implica formar personas capaces de mirar el daño, sostener la
pregunta ética, pensar la realidad críticamente y actuar desde sus posibilidades reales.
En la vida comunitaria ocurre algo similar. Las respuestas ambientales más significativas
suelen surgir cuando las personas reconocen que comparten un problema y un vínculo.
Restaurar un espacio, defender un territorio, cuidar el agua, sembrar árboles, modificar
prácticas de consumo o construir redes de apoyo son acciones que requieren información y
organización. También requieren confianza, pertenencia, memoria y afecto. Las comunidades
no se movilizan únicamente por datos. Se movilizan porque algo les importa.
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Por ello, la inteligencia eco-emocional puede pensarse como una invitación a recuperar el
vínculo. No un vínculo idealizado ni ingenuo, sino uno capaz de reconocer la complejidad del
momento actual. Amar la naturaleza no impide ver los conflictos sociales, económicos y
políticos que atraviesan la crisis ambiental. Sentir dolor por la pérdida ecológica no reemplaza
la necesidad de políticas públicas, regulación, justicia ambiental y cambios estructurales. La
emoción no sustituye la acción organizada. La emoción puede darle profundidad, análisis,
sentido y continuidad al cambio.
CONCLUSIONES
Estos primeros apuntes buscan abrir un camino. La inteligencia eco-emocional podría
entenderse, de manera inicial, como la capacidad de reconocer, comprender y orientar las
emociones que surgen en la relación con la naturaleza, de manera que favorezcan el cuidado,
la responsabilidad y la acción sostenible, desde el equilibrio ambiente y sociedad. Esta
aproximación tendría que dialogar con la investigación existente, evitar afirmaciones
apresuradas y construirse con bases teóricas y empíricas sólidas. Su valor inicial está en
nombrar una necesidad: aprender a sentir ecológicamente para cuidarnos con conciencia.
La pregunta que da origen a esta reflexión sigue abierta. ¿Qué significa ser emocionalmente
inteligente en un mundo ambientalmente herido? Tal vez significa reconocer que la tristeza por
la pérdida de un ecosistema no es debilidad. Que la ansiedad climática no debe ridiculizarse.
Que la esperanza necesita práctica y comunidad. Que la empatía puede extenderse hacia otros
seres vivos. Que la regulación emocional puede ayudar a sostener el compromiso sin caer en
la desesperación. Que el cuidado ambiental requiere una vida afectiva capaz de reconocer la
interdependencia.
Quizá el desafío de nuestro tiempo sea aprender a vivir de otra manera. Pero vivir de otra
manera implica sentir de otra manera. Implica dejar de mirar la naturaleza como fondo
silencioso de la actividad humana y comenzar a reconocerla como parte de nuestra propia vida
afectiva. La inteligencia eco-emocional, entendida como campo en construcción, puede
ayudarnos a formular esa tarea. Comenzar a hablar de inteligencia eco-emocional parece
pertinente. Alegrarnos por el bienestar ecológico, resguardarnos en la naturaleza y sentir la
lluvia en nuestra piel, son ejemplos claros de afectividad hacia nuestro entorno.
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Sí, la crisis ambiental exige transformaciones tecnológicas, políticas, económicas y culturales.
También exige una transformación sensible en la forma de habitar el planeta. Necesitamos
aprender a mirar la naturaleza como parte de nuestra historia emocional, no como un objeto
externo a nuestra existencia, y menos reducirla a nuestro hogar. La Tierra sostiene nuestras
memorias, nuestros cuerpos, nuestras relaciones y nuestras posibilidades de futuro. La Tierra
sostiene nuestra cultura, nuestros valores: sostiene lo que somos, y lo que seremos. Sentir esa
conexión puede ser una condición para actuar con mayor responsabilidad. Quizá sentir una
verdadera conexión con nuestro entorno sea la única forma de transformar al mundo.
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Cómo citar este artículo (APA 7ª edición):
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Multidisciplinaria Sobre Desarrollo Sostenible, 5(2), 828-
841. https://doi.org/10.65011/prismaods.v5.i2.258