Prisma ODS Revista Científica Multidisciplinar
Volumen 5, Número 2 - Año 2026
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INTRODUCCIÓN
La Agenda 2030 y la Carta de la Tierra
El inicio del siglo XXI ha estado marcado por una creciente conciencia de que los desafíos
globales, económicos, ambientales sociales y culturales ya que no pueden enfrentarse de
manera aislada, sino que requieren un marco integral de cooperación y responsabilidad
compartida (Sachs, 2015). En este contexto, la Asamblea General de las Naciones Unidas
adoptó en 2015 la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible, un pacto universal destinado a
orientar políticas, planes y proyectos hacia un futuro más justo, equitativo y sostenible. Los 17
objetivos abordan los principales retos contemporáneos: la erradicación de pobreza, la
reducción de las desigualdades, la acción por el clima, la igualdad de género, el fortalecimiento
de las instituciones y la promoción de una cultura de paz, entre otros. A diferencia de los
Objetivos del Desarrollo del Milenio, los ODS adoptan entonces un enfoque holístico e
indivisible, reconociendo la interdependencia profunda entre las dimensiones ambiental,
económica y lo social del desarrollo.
En este sentido, la Carta de la Tierra –documento reconocido por la Organización de las
Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en sus resoluciones
32/17 (2003) y 40C20 (2019) constituye una declaración de principios universales orientados
hacia un modo de vida sustentable (Carta de la Tierra, 2000; UNESCO, 2003, 2019), teniendo
como ejes principales los principios del respeto y cuidado de la comunidad de la vida, la
integridad ecológica, la justicia social y económica, la democracia, la no violencia y la paz. Es
un documento que proyecta un marco ético civilizatorio, en el que convergen tradiciones
culturales, espirituales y científicas, configurando un horizonte de sentido para la humanidad
y para todos los seres del planeta.
Es así que tanto la Agenda 2030 como la Carta de la Tierra, deben entenderse como documentos
complementarios: los ODS fijan metas concretas y medibles mientras que la Carta de la Tierra
ofrece un marco ético y filosófico que les da sentido y legitimidad a éstas. Por lo que, la
integración de estos dos documentos en el marco de la educación superior es más que pertinente
y universidades como la UMSNH ha comenzado a reconocer este enfoque internacional,
buscando rutas para transversalizar la sustentabilidad en planes y programas académicos, de
manera que el proceso formativo de los profesores y los estudiantes no quede reducido a la