Prisma ODS Revista Científica Multidisciplinar
Volumen 5, Número 2 - Año 2026
Página | 103
La estructura de la Sorge se despliega en tres momentos complicados. El primero es el
arrojamiento (Geworfenheit —condición de arrojado, en Rivera; estado de yecto, en Gaos—):
la existencia se encuentra siempre ya situada en un mundo que no eligió, con una historia, un
cuerpo, una lengua, una ciudad, un contexto. No partimos de cero; llegamos a un mundo ya
dado. El segundo es el proyecto (Entwurf —proyecto, en ambas traducciones canónicas—): la
existencia se abre hacia posibilidades, se anticipa, se orienta, decide, planea. El tercero es la
caída (Verfallen —caída, en Gaos y Rivera—): la tendencia cotidiana a quedar absorbidos por
lo inmediato, por el trabajo, por el “uno” impersonal (das Man), por la distracción y la
dispersión (Heidegger, 1962).
Estos momentos no son etapas temporales ni componentes separables, sino tensiones
estructurales de la vida. En la ciudad, el arrojamiento se manifiesta como exposición a
infraestructuras, ritmos, regímenes laborales, condiciones ambientales. El proyecto se
manifiesta como planificación cotidiana, trayectos, rutinas, expectativas. La caída se
manifiesta como absorción en el ruido social, en la circulación, en lo impersonal, en la
normalización de lo dado. Si el ruido urbano se vuelve crónico, puede presionar estos tres
momentos: intensifica la exposición, obliga a proyectar defensivamente, y refuerza la caída
en la aceptación de lo inhóspito como “normal” (Heidegger, 1962; World Health
Organization, 2018).
Modos de la Sorge en lo cotidiano: Besorgen y Fürsorge
En la analítica existencial, la Sorge se concreta cotidianamente en dos modos principales: la
ocupación (Besorgen) y la solicitud (Fürsorge). La ocupación describe el trato con el mundo
de útiles, tareas, trabajos, quehaceres: lo que hacemos con las cosas. La solicitud describe el
trato con los otros: convivencia, cuidado, indiferencia, conflicto, apoyo. Ambos modos son
originarios y se entrelazan en la vida urbana: trabajar, moverse, comprar, cuidar, hablar,
negociar espacio y tiempo con otros (Heidegger, 1962).
El ruido urbano incide en ambos. En la ocupación, puede interrumpir el flujo práctico y
convertir tareas simples en gestión constante: cerrar, abrir, ajustar, repetir, elevar la voz,
cambiar rutas. En la solicitud, puede tensar la convivencia: vecinos, transporte público,
calles, espacios compartidos. Una lectura ontológica del ruido debe mostrar cómo esta
incidencia no es accidental, sino estructural: el ruido afecta la forma misma en que la
existencia se ocupa y se relaciona, es decir, afecta la Sorge en su despliegue cotidiano
(Heidegger, 1962; de Certeau, 1984).